El sentido de la vida
Mario:
Dicen que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Si escribir es un poder, se puede decir que la responsabilidad la aprendí desde el minuto cero. Cuando uno se inicia en la revista de la escuela y su pasatiempo favorito es poner profesores a caer de un burro, los pies de plomo vienen de serie.
Me tiré una buena temporada trasegando docentes sin que nadie pudiera echarme nada en cara. Caminaba sobre la delgada línea que separa la mofa del insulto con la soltura de un habilidoso equilibrista. Durante años hice de la ironía y la mordacidad mis mejores aliados para conservar la cordura en una institución en la que se empeñaban en convencerme con periodicidad trimestral de que era imbécil en varias dimensiones. Durante todo aquel tiempo sólo supe escribir con la espalda contra la pared, protegiéndome de todo lo que me acechaba con lo único que mi entorno me inspiraba: odio. No supe hasta mucho después que había otras maneras de escribir.
Uno de los modos de compensar las interminables horas que llevaba confeccionar la revista de la escuela era obteniendo pasta de la publicidad que incluíamos en sus páginas. La mayor parte de los ingresos provenían de las academias a las que los universitarios nos veíamos obligados a acudir para solventar la incompetencia de nuestros profesores locales. Ellas nos pagaban una cierta cantidad de dinero y promocionaban sus negocios a página impar completa. Como nuestra tirada la costeaba rectorado, al final siempre había para una buena cena y algún que otro extra.
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